ALDEA LITERARIA
PAULA WINKLER

Una ventana
sin cortinas
de una casa cualquiera
otra ventana
con cortinas
de una casa con  techo
una familia sin hijos
los hijos se fueron volados
por alguna balacera del destino
un museo en berlín
en cualquier ciudad en verdad
sin demasiadas pinturas
tan solo el aliento
de un pintor cansado
que hace rato declinó
vaya a saberse el motivo
un escaparate extraño
también en berlín
o en urdenbach quizá
en cuenca
sin objetos de lujo
apenas unos libros, un sombrero
remembranzas de muerte y dolor
de la europa gótica o moderna
y en la otra latitud
bien al sur del mundo
una obra pública
de esas demolidas
que no interesan a nadie
ni al doliente callejero
provoca una denuncia
que terminará en el viejo anaquel
de algún municipio
y así va bruñéndose
como el barro prepara la arcilla
toda tu humanidad que te pega
eso ominoso indescifrable
en la capital muy autónoma
de un país del fin del mundo
donde habitan poetas, yacarés
gaviotas, surubís, calandrias
y chorros
tanto asilo y loquero desalojan
pues la plata no alcanza
en su presupuesto de señores
y los hospitales abarrotados
de tanto malestar urbano
y un simposio de imbéciles
debatiendo estupideces
y jóvenes militantes de la vida
y otros no tan jóvenes que joden
y hay la casa grande
de ventanas sin cortinas
y la casa chica de ladrillos
con un agujero no querido
que hace las veces a menudo
de solidaria ventana
a través de esta se ve
un altarcito de puntillas
que sostiene algunos velones
para evocar a Jesucito y al Espíritu Santo
a esa Virgencita milagrosa
que desata en cada oración
los nudos del hartazgo (y alguna rabia).
Y lejos en berlín, acaso en urdenbach,
en cuenca o aquí, en el sur del mapamundi,
una mujer obstinada que brega
por la dignidad y esas cosas
y otra mujer igual a esta trabaja
en los trigales
no sabe de armanis ni de lagerfeld
y de vez en cuando cosecha
alguna que otra flor que gira
hacia el sol y la ve
pero esa mujer recuerda
las manos huesudas de un hombre
que devora el pan y, a veces,
escupe sangre de su estómago
y hay una mujer que ama
a sus hijos vivos y a su hombre supérstite
pleno de sueños y proyectos
porque la vida es así de injusta
a unos les falta y a otros les sobra
aunque muchos hay que trabajan y trabajan
y una mujer cualquiera muere
de la forma más estúpida
en su propia bañera
y otra mujer hay que nace
y una mujerzuela de cualquier lugar
acaricia un árbol desdentado
pues hay mujeres legales
que en el siglo veintiuno
todavía solo oran y laboran.
Y un hombre tan triste
como la soledad más abyecta
que viaja en lancha en el delta
se pasea a veces en la ciudad
cuando el bolsillo se lo permite.
Y otro invadido por la melancolía
ve sufrir a su mujer
es que su hijo se ha perdido
en los registros de la morgue.
Y también un hombre
extremadamente bello
tan bello que nos es ajeno
sueña muy mínimo   
sobre todo con esa mujer
que sueña a su vez en el sur
con el recuerdo de un hombre
que hace rato le sirvió un café
le prestó su hombro
y aún la besa y la oye
es que siempre una dosis de amor
se nos escapa o duele
ni acaso alcance al prójimo
pues cuando grita el hambre
y la plata no alcanza
todas las rimas del poeta
se hacen muy flacas.
Hay una casa grande en el mundo
con techo derruido y sin cortinas
las hay así en todas partes
y otras empedradas
a la vera del lago o con vistas al río
algunas tienen un muelle donde amarrar
o estufa camuflada con juegos de luz
gimnasio y esos suntuarios
pero es en el fin del mundo
donde todavía los versos lloran
alguna fotografía aparece velada
y los guiones bostezan
ya que algunas de esas casas lujosas
hieren y se notan más
y no hay palabra, cultura, diván
que supere tanta herida.
Vaya a saberse...

Elmer Diktonius. Helsinki
“Niño en luz de estrellas”

 

Hay un niño,
un niño recién nacido -
un sonrosado niño recién nacido.


Y el niño gime -
todos los niños lo hacen.
Y la madre pone el niño al pecho:
entonces se calla.
Así hacen todos los hijos del hombre.


Y el tejado no está demasiado bien ajustado -
no todos los tejados lo están.
Y la estrella mete
su nariz de plata a través de la grieta
y se posa en la cabeza del pequeño:
a las estrellas les gustan los niños.

 

Y la madre mira la estrella
y comprende -
todas las madres comprenden.
Y aprieta asustada al niño pequeño
contra su pecho -
pero el niño mama tranquilo a la luz de las estrellas:
todos los niños maman a la luz de las estrellas.
Aún no sabe nada de la cruz:
ningún niño lo sabe.-

 

De: “Muelle y nubes” (1934)-

Traducción: Pentti Saaritsa-Mona Moltke-Francisco Uriz-Kirsti Bagetthun