ALDEA LITERARIA
PAULA WINKLER

El hombre que hablaba poco

 

Los plátanos se inquietan un poco hoy, a juzgar por el leve balanceo de sus ramas. A través del sucio ventanal de un piso alto que asoma a la avenida con la discreción urbana de lo repetido, la paupérrima vida de los otros se desvanece en comparación con el agitado traqueteo del diario. Los automóviles, colectivos y peatones se mueven como juguetes de cuerda.

Reviso la fuente de la noticia que va a ser publicada en mi columna diaria. Me la ofrecieron los directores años ha, seguramente por un exceso de confianza. Y si todavía me aguantan, debe de ser porque se les hizo un hábito que, después de tanta controversia, yo decidiera continuar en la gráfica.

Me gusta ser periodista porque, pese a mis vaivenes personales, estoy cómodo en el oficio y me entero de cosas que nadie sospecha.

Espantando como puedo mi resaca, mis dedos comienzan a presionar sobre el teclado. En automático, tac. La cabeza, cuando escribo, se independiza de mi cuerpo, casi siempre vencido por la noche, y ejercita su propia sintonía, elige palabras, enlaza oraciones, expresa, construye. El cerebro, por lo visto, ha podido borrar mi descarriado amanecer cuando escribo. Dicen que también el cansancio provoca esta especie de alienación. Aunque la verdad, no tengo ganas ni tiempo de analizarme. Ningún compañero advierte mi sustancial desdén hacia ellos, pues oculto bien mi resentimiento: de solo oírlos, me dan puntadas de intolerancia en el estómago. Pero gracias al alcohol que tomo en cantidades apreciables durante la noche y a unas cuantas pastillas que también trago para no pensar, las jornadas se suceden más fácilmente y sonrío a todos como cualquiera al que le apetece ser feliz en esta mundana feria de vanidades.

En definitiva, no han logrado disciplinarme; solo el vino y los antidepresivos colaboran a que soporte el duro transcurrir compartido: la mayoría de la gente se me hace superficial y la vida, una carga inútil. Logro así la paz imprescindible que algunos mortales deben de experimentar sin adicciones. De la teta, en definitiva, pasé casi sin transición a esta especie de ungüento mágico y prefiero morirme con un vaso del mejor tinto en la mano y unas cuantas pastillas bien digeridas por mi estómago a resignarme y ejecutar, doliente, la abstención que recomendaría cualquier buen cristiano.

En la agencia, me entretengo picando cables1. Claro que mi fuerte es el periodismo de investigación. Estoy convencido de que mi columna en el periódico interesa poco: los lectores comunes no lo saben, pero la lucha de clases, si superaste el hambre, se ha transformado hoy en una guerra por mantenerte en la lista de los cientos de imágenes y discursos que dan vueltas sin destino cierto en la internet, la tele y las redes.

 

1(NA) En el oficio: copiar y unir  noticias provenientes de distintas agencias.

Valdez irrumpe en la sala de redacción. Tira sobre mi escritorio un papel de fax, que da cuenta de otra muerte, esta vez en el microcentro, en Florida y Corrientes. Una riña entre jóvenes drogados... Y se pone a hablar de víctimas, secuestros, robos y maltrato. La violencia nos va a devorar, patatín y patatero. Valdez entró hace cinco meses, escribe mal y es un idiota. Pero lleva y trae (más chismes que noticias), creando climas de encono con su lenguaje soez, plagado de odios. Su rutina es una suerte de glotofagia nacional... Aunque, en cualquier momento lo designan el empleado del año. Ignoro si le pagan bien por ser el sobrino de uno de los dueños o debido a su habilidad para el chusmerío, que disimula su incompetencia, no solo para el periodismo.

Paty lo sigue por detrás y, al oírlo, comienza a reírse a carcajadas. Valdez hace mutis por foro, y ella viene directo a mí, pregunta acerca de un borrador que dejó hace una semana para la sección de modas. Aún no se lo aprobaron: sabe de tendencias, it girls y de fotografía, pero no tiene la menor idea de cómo se escribe en un periódico.

           Es llamativa, se me acerca tanto que huyo pegado a mi silla hacia un costado sin contestarle. La chica-zulú revolea su pelo brillante, que le llega a la cintura.

Le temo a Paty, que se lo pasa seduciendo, supongo que para no aburrirse. Con su voz de radio enloquece a cualquiera, mueve caderas y exhibe unas piernas eternas gracias a los generosos tajos de sus polleras, haciéndose al mismo tiempo la distraída. Pero sus prácticas caníbales todavía no resultaron conmigo, soy ermitaño. Y esto mismo es lo que la debe de mantener en vilo, pues al iniciar una charla, sostiene su mirada de ojos grandes junto a la mía e incursiona en temas que todavía suscitan en mí atención (lo que no es poco).

Le habré de llevar 10 años. Su cerebro en flama como el picante, la destaca de entre tanto mediocre. A diferencia de muchos que andan chupando las medias y difundiendo mentiras de ilusionistas en el periódico, solo por el hecho de figurar entre los brillantes que aspiran a premios, la chica- zulú es sarcástica. Y objetiva. Me encanta que la ironía y el discurso templado no los usemos solo los varones. Será por esto que, cuando la oigo o conversamos, se me hace complicado reprimir mis impulsos viriles y me asaltan ganas de hacerme de ella como de un chicle. Me avergüenzo, no se lo demuestro.

Dar y recibir goce, igualarte con una mina no solo en el deseo...

Huele feo nuevamente: Valdez reaparece y trae su olor a pucho, que nos invade. No contento con haber levantado a sus compañeros de trabajo en contra del país, repetir al cansancio que habitamos en una ciudad de delincuentes, engulle su rabia pero la despide enseguida a bocanadas, pasándose los dedos de una mano por entre su pelo rojizo y enmarañado. Valdez, por qué no te vas a la mierda. No se lo digo: de mis pesadas noches de alcohol y desgracia, aprendí que se debe disimular sobriedad, en tanto los borrachos lúcidos (no es oxímoron) molestan siempre.

Durante el día tomo agua, litros de agua, para sostener los semblantes de la objetividad que hacen creíbles ciertas noticias.

En medio del bullicio que se armó entre nosotros por los comentarios ponzoñosos de Valdez y a que todos se babean con Paty, cierro la columna que estaba escribiendo. Como de costumbre, anoticio a mis lectores sobre otro hecho que no resolverá la Justicia.  

 

Miro por el ventanal, las gotas de agua solidificada del tiraje de los equipos del aire se van acumulando sin gloria.

Un conocido envía un mensaje a mi teléfono: se produjo un asesinato del cual debería ocuparme. Aborrezco lo que excita la conciencia de los morbosos e ignoro si este homicidio no ha sido más bien una venganza inconsciente y disruptiva del victimario. El solo imaginarme la escena me da escalofríos. Sin embargo, tomaré el caso: si he tenido trabajo en la redacción de una revista durante mis viejos años desquiciados por el alcohol y las pastillas fue gracias a la intervención del remitente.

           Sé que cuando investigue, voy a rechazar la versión oficial y que sortearé, por tanto como pueda, el historial de mi manchada reputación: a sabiendas de que soy un pichi que mete sus narices donde no debe, acaso nulifiquen en tribunales las pruebas, contundentes o no, que yo pueda reunir, si los presuntos involucrados fueran cercanos al poder. La excusa lógica: que el juez de primera instancia cometió errores en el procedimiento, lo cual arguyen siempre en juicio los abogados pícaros. Y si Casación, tras años de proceso, devolviera el expediente a su inicio por lo mismo, ya prescripta la causa - lo que es común -, me llamarían de Jefatura para reprenderme como cronista. Quién sabe si mis colegas no se volverían a burlar de mí como en el pasado y echar más leña al fuego...

Yo volvería entonces, por caso, a mi vaso-al-tope a toda hora, a los calmantes, a ser un adicto de cuarta. ¡Pensar que, de joven, largué Derecho porque me hartaban las complicaciones!


El mensaje: muerto de 17 puñaladas. Un femenino, la señora X, se encontraba en estado de shock y ensangrentada de pies a cabeza cuando la policía allanó la vivienda atento a la denuncia de unos vecinos que escucharon los gritos y la caída del cuerpo. La mujer daba la impresión de ser normal, pero andaba loca los últimos días, según los testimonios que recabaron los agentes del orden. El subcomisario anuncia a la prensa que no hará comentario alguno. Solo que se inició el expediente usual, dando intervención a la Fiscalía de turno. La señora X fue trasladada a comisaría, previo suministro de calmantes y asistencia psiquiátrica. Ocupate del asunto y andá a fondo -firma de mi colega, punto-.

Huelo a desgracia. Como ocurrió con lo de aquel comisario... Después de haber seguido sus pasos y buscar informes durante meses, clasificar los documentos acreditativos de su culpabilidad en un asunto de trata de menores, nadie se hizo cargo y recibí amenazas de muerte por toda compensación. Yo era joven entonces y tan seguro estaba de la eficiencia judicial y de mis averiguaciones, que me lo pasaba largando títulos acusatorios. El periódico vendía, así que me hice de buena fama. Pero mi prestigio se hizo trizas cuando la causa se cerró  con un sobreseimiento, que quedó firme y consentido porque la Fiscalía no apeló debido a unos vericuetos procesales que nunca alcancé a entender.

El comisario proclamó su inocencia a viva voz hasta el hartazgo con motivo del sobreseimiento. Y me impugnó mí y a la agencia. Se armaron cientos de programas y paneles para debatir sobre derecho, ética y periodismo. Mi jefe, intuyo que para zafar él también de la burrada, me obligó a que tomara una  licencia, pese a lo que mis compañeros se lo pasaban hablando pésimo de mí a mis espaldas. Asimismo, la tele recordaba día y noche los principios que rigen en los Estados de Derecho, de los cuales nuestro país era un ejemplo, y atacaba el amarillismo en cuestiones criminales. Había que dejar hacer a los jueces, los periodistas condenábamos de antemano y predisponíamos, así, a la audiencia - repetían -.

 

           Hoy, en cambio, la condena social hace explotar las estadísticas: los tribunales son exhibidos como estructuras impotentes y arcaicas.

Ignoro cómo, después de aquellas trifulcas, me mantengo cuerdo durante las mañanas, soportando a un prójimo simplificador y prejuicioso. Sin embargo, en la noche es cuando me asalta el terror de morir en manos de un depravado. Acaso, porque debido a las fechorías de aquel comisario y de sus cómplices en los hechos no esclarecidos sobre la trata de menores, empecé a sentir culpa hasta de ser hombre...

Yo había indagado en los detalles, nadie conocía tan bien el asunto: las víctimas sobre las que investigué con la obsesión de un loco se reproducían como carne de matadero. Mujeres arrojadas a la basura, después descubiertas por algún casual cartonero, mientras a mí me pagaban un  sueldo por exponer su desdicha. Usté me gusta y si paga bien, se la... , dirían a sus clientes, forzadas a pura cocaína. Si intentaban fugarse, las mataban y organizaban rituales para videos que se vendían después en el mercado clandestino.

Por descubrir esta horda perversa, yo no lograba conciliar el sueño. Cómo se sentirían esas esclavas, si lograban sobrevivir a la porquería deducible. Llegué a arrepentirme de mis amaneceres de pasión, cuando besando cuerpos llenos de furor, me perdía en mí mismo penetrándolos. Mi soltería me indignaba, andar fisgoneando por la calle a mujeres lindas.

           Las víctimas se me aparecían en sueños: caderas anchas, ojos rasgados de tigre o asustados y saltones, sonrisas líquidas y piernas que conducen al ovillo de la vida. 

"Ninguna menos", pero cada vez son más.

Para averiguar sobre ese comercio sexual y sus incumbencias policiales, yo prácticamente pernoctaba en Tribunales. Pero en el palacio de la verdad solo olía a expedientes carcomidos por ácaros, en contraste con la fragancia de algunos jueces que se figurarían semidioses disfrutando de un manso crepúsculo en el Jockey Club.  Los procesados con prisión preventiva los miraban con cara de bronca y de "yo no fui, VS, no me cague" mientras los empleados corrían, desesperados, de un lado hacia el otro atendiendo a abogados y cargando causas. Algunos entraban y salían como Pedro por su casa, conscientes de que los salvaría el pésimo sistema penitenciario, pues algunos funcionarios tapaban la atrocidad de las prisiones, convencidos o no, con excarcelaciones tempranas.

El Palacio de Justicia y los juzgados correccionales y federales lucen sus edificios derruidos por dentro y solemnes por fuera. La arquitectura no sabe de atrasos en las causas, de huelgas judiciales ni de abstracciones jurídicas. Fiscales y defensores se matan por ser oídos en las mesas de entradas: largas acusaciones, petitorios de eximición de prisión, apelaciones, ofrecimientos de prueba; pases a la oficina de tal y cual, tómese vista y cúmplase, informes de pericia, etcétera.

El infierno tan temido en las cárceles no empece a que se desenvuelva un procedimiento antiguo, donde víctimas y victimarios son menos oídos que los funcionarios en cientos de despachos e interlocutorios. En la Justicia real, los jueces tiran esgrima con florete mientras los abogados y fiscales deben hacerlo con sable.

La calesita judicial, en definitiva, daba vueltas en su eje mientras aquellas prostitutas desaparecían como por arte de magia: pese a las denuncias de los vecinos acumuladas en varios cuerpos de expediente, ningún funcionario pudo determinar cómo habían sido privadas de su libertad esas menores y bajo la vista gorda de quiénes. Menos se supo sobre la muerte de muchas de ellas y del comercio clandestino de vídeos pornos.

Corría mucha plata entre delincuentes y autoridades corruptas. El signo monetario, sempiternamente celebrado, provenía de criminales organizados e iba, directo, a los bolsillos de amorales burócratas. Total que mujer 1, mujer 2, mujer 3 terminaban como mercancía al mejor postor.

Por las noches yo tomaba y tomaba. Me aferraba a algún porro, mezclaba todo con antidepresivos... Como si pudiera negar la realidad, o más bien adaptarme a esta expulsando culpas ignoro de qué, organizaba juergas con amigas dispuestas. Amanecía atormentado porque oía esos ecos de música electrónica que te estimulan al límite, y miles de botellas vaciadas caían al piso. El solo despertar me hacía sentir como a un improvisado lobo que enloquece por su presa. Y echaba a mis compañeras de joda, creyendo que vomitaría así mi malestar; destruía  los muebles a patadas, dañándome los brazos al asestarme  golpes secos con los restos astillados de la madera.

Previa ingesta de antiácidos para mantenerme en pie durante las mañanas, el hastío de las jornadas laborales empezaba otra vez. Tapaba mis hematomas con las mangas de camisa que vestía aunque hicieran 40 grados y aparecía en el diario, retorcido de angustia, con un olor a alcohol capaz de ahuyentar al trasnochador más avezado. Me había transformado en una repetición de inconsistencias.

Luego, no tuve más remedio que tomarme las vacaciones que me impuso el jefe, a ver si  todos se olvidaban de mi fracaso. Pero yo les repugnaba.

Me irrita informar sobre hechos  de violencia. Una cosa es la realidad y otra, regodearse en ella. El lado oscuro de mi ciudad se asemeja bastante a Ciudad Juárez. Los medios se aprovechan mostrándolo, porque los policiales entretienen y sustituyen la política. Los argentinos, a menudo, parecemos más sofisticados que otros latinos acaso por ocultar nuesta basura. Empero, esta menuda actitud no nos exime de la analogía con otras cuevas mortales. Secuestros, violaciones, robos, femicidios, pedofilia, riñas, trata de menores... En los delitos de corrupción, en cambio, se burlan los controles fiscales con refinada estrategia como en el primer mundo, tan civilizado. Empero, no soy lo suficientemente cruel para ocuparme, gustoso, de transmitir noticias acerca de la picardía de los que suelen llevarse puesta siempre a la patria.

En Palermo se respira el aire fresco y es posible ver algunos cardenales que se bañan contentos y picotean en el rocío de los parques. Lapachos, tipas, jacarandás... Durante la madrugada, podría disfrutar observándolos y escribir tranquilo después, columnas inofensivas sobre tonteras, muertes en otros países;  leer teatro o poesía al caer el día.

Un viejo café en el cruce de dos avenidas populosas ofrece cerveza artesanal y un malbec aceptable. Al anochecer, los automóviles dejan su estela de luz; la gente  charla, confiada, entre vecinos. En la zona, altos edificios dan cuenta del progreso de la obra pública mientras gatos curiosos se entrometen y maúllan, duermen. Se consumen helados, viejas van y vienen con sus mascotas y parejas de jóvenes se besan en la plaza, desinteresados de militancias.

Los ruidos de la vida vigente...

Cualquier parroquiano disfrutaría a la redonda, pero yo soy imbécil: no puedo conmigo si la otra mitad de Buenos Aires está sumida en la pobreza, protesta y la encarcelan. Y por sufrir de este raro privilegio de querer-saber, voy a continuar husmeando en los desechos.

Acepto el caso del asesinato y cierro el teléfono. Miro nuevamente el ventanal. Y, encantado de lo que se cuece entre manos,  aviso que cubriré la noticia del homicidio con sevicias. Me habilitarán la caja chica, "cuidate, no te metas en camisa de once varas" - dicen -, acato y punto.

 

Para hacer cámara, me asignaron a un chico nervioso que no deja de hacer preguntas: si se trata de un robo seguido de muerte o de un homicidio. Y: "¿en este país todos se violentan y  matan de puro locos? Se hará justicia, dice, pues asumieron nuevos jueces y van por la reforma judicial. Estamos hartos de corrupción, queremos funcionarios honestos que hagan su laburo aunque perjudiquen a quien sea".

Sus dudas e ingenuas certezas no alcanzan a violentar mi pesimismo gracias a la rutinaria hilera de árboles que se deja ver a través de una de las ventanillas del auto que nos transporta. Se mueven las copas, debido a la suave brisa, bajo un cielo tan azul que promete una noche fotogénica.

Llegamos: el ilícito se produjo en una casona de clase media alta en Saavedra. Frontispicios con angelotes que portan canastas de uvas enmarcan la entrada. Hacia la derecha, un garaje para varios autos y una vivienda pequeña, que supongo  pertenecerá al personal de servicio, terminan en un prolijo jardín, donde ierguen sus abreviadas ramas algunos arbustos tricolores y crecen azaleas en flor. 

Lo primero que pensé al ver la casa fue que para buscar el perfil del victimario y de la víctima, no deseaba hundirme en el mundo de la criminalística. Soy (o me hicieron) paranoico. Y los especialistas siempre contaminan la investigación con sus veredictos, haciéndonos perder de vista el sentido común. Entiéndaseme, el tan remanido sensus comunnis que todos utilizan hasta en la sopa, se reduce, para mí, al olfato del ciudadano de a pie que no se deja convencer por las diatribas de los eruditos ni de los medios.

Ante un crimen, se trata de estar dispuesto a oler mal en Dinamarca: desconfiar de las evidencias y, sobre todo, del que proclama su integridad profesional contra viento y marea.

Tendré que arremangarme y reconstruir los hechos con cautela, evitando abrir el pico como antes, cuando joven. E intentaré olvidarme de esos imbéciles que creen que el juez no debe comprender la realidad sino solo sentenciar conforme a derecho: sus flacas neuronas ignoran, al igual que todo espíritu de bagatela, que la ley no puede ser aplicada como la anestesia en un quirófano. Muchos años compartidos con abogados, psiquiatras y médicos forenses me hicieron tomar distancia del glosario jurídico, castizo y rimbombante. Y estoy convencido de que cuando solo se transmiten noticias sobre la base del código penal y de los actos de instrucción, discursos leguleyos como habilitaciones de día y hora para allanamientos, "procédase", etc., se construye una realidad a pura repetición de protocolos.

Una clase de verdad que a mí no me interesa.

Veamos: el arma - en este caso, el cuchillo - es un indicio, pues matar con un puñal difiere de hacerlo con un revólver o a mero golpe. Hay algo fálico y de poder que se juega siempre entre cuchillos.

La humedad estorba, transpiro de pies a cabeza. Impiadosa, la atmósfera me pegotea el pelo, la ropa. Añoro esos escasos días de invierno cuando el frío te alivia.

El chico de la cámara y yo nos apersonamos en el lugar del homicidio. No accedemos debido a las fajas que dejó puestas la policía. A decir por el comportamiento de sus agentes, no vamos a sacar nada en limpio.

Ariel, un obsesivo, labura al mango. Pero apaga la cámara a mi pedido. Le ofrezco unos pesos para que vaya a tomar café al bar más próximo y se niega, no quiere separarse de mí. Debe de ser su juventud la que le impide darse cuenta de que a nadie le interesa un grupo de policías enojados queriendo arrebatarle su herramienta de trabajo a un periodista curioso: se enojaron cuando encendió otra vez su cámara en una maniobra para esquivar el perimetraje que casi me pasa por desapercibida. Le grito que se olvide de filmar: aunque él dejara constancia, quién se atrevería a cargarse a estos adalides del orden después, tan apegados a la restricción de acercamiento a la zona. No hay caso, insiste.

Antes de que se arme la gorda y terminemos los dos en cana,  palmeo a Ariel y "está bien", le digo al oído, "acompañáme, algún indiscreto querrá soltar prenda". "Puta" - la expresión que oigo a toda respuesta -. El chico de cámara me sigue, resignado.

 

En esta avenida arbolada que desemboca, nos dijeron, en un escueto pasaje, un orgulloso edificio de seis pisos sobresale del resto. Recorremos tranquilos el empedrado y nos entretenemos observando a un viejo que discute en un negocio de antigüedades. Sus vidrieras exhiben porcelana francesa, muñecas vienesas y platería criolla. Ariel me cuenta que tiene una novia, ella está armando una banda con otros tres que vinieron de Bolivia, toca el saxo y adora a Gillespie. Dice que lo contrataron en la agencia como pasante, que es ambicioso y estudia. Por tanto - deduce - quedará en el diario y tendrá prestigio. La universidad es el modo de llegar a la meta tan ansiada porque la suerte solo la necesitan los mediocres - agrega, convencido-. Y, nuevamente, enciende su cámara.

Registra en paneo las casas con sus techos rasados; los árboles avejentados, de raíces gigantescas que emergen con dificultad por entre el cemento de las aceras; en plano detalle, estarán también los baches con agua estancada de la lluvia que tapó los sumideros sucios y cesó hace días. Todo bajo un cielo espléndido, pero caseríos en plano largo más lejos, que no querrían saber de destratos...

El plano americano de mí ha de ocultar mis pantalones arrugados con una mancha inoportuna en la botamanga. Corte y fundido a negro.

El sol se vuelve insoportable como mi acompañante, que no deja de hablar y filmar lo que encuentra a su alcance. Transpiro gotas de bronca. A punto de contrariarlo, una señora regordeta me salva. Lleva un delantal estropeado y calza zapatos con suela fané. Se acerca a nosotros, decidida.

- El hermano de él era un crápula. Toda, gente de mucha plata... Le andaba sacando dinero al matrimonio para la droga, uds. saben...

-  No sé - le contesto-.  ¿Para Ud. lo mató la mujer o el hermano? - arriesgo. (Ariel graba.)

- No, la señora, nunca. Era una santa: siempre en casa. De día cocinaba para los pobres. ¡Imposible! Rezaba mucho... Cómo se les ocurre que sea la asesina. Para mí que fue su cuñado, un sinvergüenza. Los anormales siempre  terminan así.

La vecina se nos queda mirando con sus ojos normales y mandíbula distendida, pues todos los normales suelen portar esta clase de mandíbulas. Y formula la pregunta de rigor: en qué canal se verá la noticia. Quiere conocer la hora en que se transmitirá el programa. Solo para verse en la entrevista, Ud. sabe...

Por su actitud, me recuerda a mi madre, una mujer a la carta (de mi padre), dispuesta a la oración y al chisme amistoso... Mi vieja buenaza se sometía, contenta, a mi padre: cucharón y escobillones, horno siempre encendido, guisos de pollo con cilantro, ravioles y fideos a la parmesana. Solo los rumores del vecindaje la distraían de su rutina, jamás recompensada.

Le avisamos a la señora normal que lo suyo va a formar parte de un archivo, pero de cuyo resultado definitivo no disponemos nosotros. Decepcionada, da media vuelta y se retira a destinos más ciertos.
Ariel empieza a impacientarse y advierte que no arribaremos a buen puerto. Trato de calmarlo, ya encontraremos nuevos testigos.

 

Nos dirigimos hacia la vivienda de quien les cocinaba a Z y a X, según comentaron unos amables vecinos. Camila abre el portón de una casona destartalada y húmeda en cuyo pastizal florece un  rosal abichado y algunos geranios secos solo lo intentan. Nos ofrece unos mates sin interrogarnos acerca del diario para el que trabajamos.

Expone su testimonio.  Z era un hijo de puta, nos hacía laburar  día y noche, armó un escándalo cuando tuvo que ponerme en blanco y amenazó con  vengarse. Lo consiguió porque  ahora no tengo trabajo... y los que me llaman para cocinar se niegan a hacerme aportes y tampoco quieren pagarme el viático. Con un sueldo miserable no subsisto, tengo 4 bocas que alimentar.

A la señora,  yo la  extraño. El marido vivía controlándola y ella comenzó a tenerle miedo. Se llamaba Arquímeventos y Estrada. Al asqueroso ese nunca lo consideré mi jefe, faltaba más.  Yo  la quería a Elenita, nunca usó su apellido de casada. Qué raro, ¿no?

Ariel deja todo grabado: Camila aparecerá en las noticias como una especie de sabelotodo, portadora de un conocimiento todavía escurridizo para la policía, la Justicia y para nosotros.

Elena Arquímeventos y Estrada se había casado con José María  Funes, un empresario poderoso de la construcción. Ambos rondarían los 70 y pico y disfrutaban de una vida armoniosa. Pero un dato llamativo atento al perfil católico de Elena: nunca portaba el apellido de él... ¿Odio al marido o qué?

Los asesinatos siempre ocultan secretos. Y la conjunción de circunstancias inesperadas, públicas o privadas, puede enloquecer a la más santa. Si para el derecho penal esta clase de delitos constituye algo sencillo (matar: dar muerte a otro), para los investigadores y la Justicia, develar los hechos suele resultar difícil aun con un solo sospechoso.

El cadáver habla, dicen los criminalistas. Necesitamos esperar los resultados de la autopsia.


Regresamos a la oficina. Paty está esperando para invitarme a tomar café y consultarme acerca de no sé qué, según me susurra al oído. Se ofende enseguida porque la destrato, dice, y me sostiene clavada una mirada de desprecio. Va hasta su mesa de trabajo, moviendo sus caderas como una reina de las tablas.  Me doy cuenta de mi actitud de inmediato e iría a disculparme si no fuera que el homicidio ocupa mi mente y ansío compartir mis dudas con Ariel. Por ejemplo, cómo una mujer tuvo la fuerza física para derribar a su esposo, un hombre relativamente alto, regordete. ¿Habría habido una discusión acalorada entre ellos, la primera puñalada se la asestó la mujer al marido por sorpresa y luego continuó, llena de rabia?...

Unos minutos más tarde un amigo en la morgue me informará que el cadáver registra lesiones profundas en el hígado y el bazo como consecuencia de las puñaladas. Pero la cónyuge, al practicarle la revisión habitual luego de arrestada, no exhibía hematomas - según el informe pericial-. Y poco después me entero de que un asunto relacionado con la sangre también la compromete.

Ariel refunfuña, debe irse a editar y no es lo que más le place. Antes de pasar por la isla de montaje, intenta explicarme con argumentos racionales que en este asesinato hay gato encerrado: estuvo viendo fotos de Elena A. y E. - cara de ángel -, y Funes sostenía en vida, según él, un gesto demasiado adusto. Ello demostraba a las claras que estábamos frente a un ilícito que pudo haber tomado por víctima a la mujer también.

- Los tipos como Funes son una mierda. ¿Quizá se trataba de un escenario planificado en el cual introdujeron a la esposa aprovechándose de que estaba  confundida o desmemoriada porque algo a ellos les había salido mal?  - arriesga.

- Elena A. y E. sufría de amnesia cuando la detuvieron, lo que apareció también durante el examen psiquiátrico. Sin embargo, se hallaba ensangrentada de pies a cabeza y el adn de la sangre que le encontraron coincide con la del cuchillo y la de José María Funes - le contesto a Ariel de malagana-. Me lo acaban de confirmar.

El crimen podría resolverse  tan solo cotejando  pruebas.

Paty se nos acerca, inquieta. Olvidada de su antigua ofensa para conmigo, quiere enterarse un poco más de lo que la agencia comenta. Y, quizá por cuidarme, me advierte acerca de unos rumores sobre mí que se han instalado desde que tomé el caso. Asimismo, me comenta que oyó hablar por teléfono a uno de los directores. Muy nervioso, cortó la comunicación y se puso a caminar dentro de su despacho como un león enjaulado. (Qué extraño.)

Ariel se va finalmente a editar. Y al verla a Paty a menos de medio metro de distancia de mí, regresan intempestivamente mis ganas de hacerme de ella. Me controlo (más complicado hubiera sido hacerlo durante mis noches de alcohol y brumas...). Su cabellera, de matices azules y lustrosa como el ámbar, me atrae tanto como su boca, de labios potentes (carnosos). No necesito bajar mi mirada para contemplar el resto de ella, siempre armónico, como de modelo o gimnasta.

- Paty, si no te atendí fue debido al asunto que me tiene a mal traer - me disculpo-. Algo de ciertos son esos rumores que oíste sobre mí.

- Pues no me importan, hombre. Me interesás vos, por eso te hice el comentario sobre el director: un tipo calculador, distante, que nunca se enoja ni sonríe, un clon de laboratorio, y corta el teléfono ¿desencajado? Alguien lo debe de haber amenazado por algo. ¿No te parece?

- Nada me asombra ya. Todavía no tengo información suficiente para atar cabos en el caso que estamos investigando con Ariel. Si te enterás de quién llamó y el porqué, avisame - le suplico mirándola, supongo que con cara de enamorado, a decir por la reacción satisfecha de sus ojos llenos de misterio, como un lago de noche. 

Suena mi teléfono: número privado. No atiendo, 10 intentos. Finalmente aparece el siguiente mensaje de whatsapp en pantalla: si metés tus narices donde no debés, sos boleta. Lo guardo y reenvío a los colegas en quienes aún confío. Y le cuento a Paty.

 

Parece que se está yendo el sol del verano, un otoño rabioso irrumpe con desparpajo. Bajo los pies de los obligados transeúntes, crepitan por de pronto las hojas caídas de los añosos álamos. Algunas se desplazan por el viento que precede a la habitual tormenta, tapan el alcantarillado. Compiten con las bolsas de basura, que flotarán más tarde, desvergonzadas. De súbito, se larga a llover. A cántaros... En menos de una hora se van a inundar las aceras, y los noticieros darán cuenta de un alerta naranja.

Me dirijo hacia la empresa de Funes en busca de una pista que me facilitó un conocido. Ubicado en la avenida Córdoba casi Callao, el edificio debe de haber sido construído hace 30 años: mármol negro en la recepción de un largo pasillo entre espejos que conduce hasta la zona de ascensores. 12 pisos, pulso el último. Me espera Mario, una especie de secretario multifunción, no solo en las oficinas de Funes sino privado.

"No tuvieron hijos pese a que la mujer inició varios trámites de adopción sin resultados. De chica le habían extirpado el útero por una enfermedad, él se enteró al casarse y se la bancó como un duque. Imagínese, agrega, un católico que se casa con una yerma, acepta con alguna vergüenza  la adopción y no llegan a tener ningún hijo. Funes, sin descendencia, un espanto que supieron disimular con elegancia y mucha guita".

- ¿Mucha guita? - le pregunto-. Cómo es eso de la paternidad y el dinero que oculta qué...

- Mire, el matrimonio vivía de apariencias, todos aparentan aquí, si no, no hay negocios. Almuerzos corporativos, cenas de beneficencia, fiestas lujosas, asados en el campo, competencias de "pato"; goce compartido en las playas de Punta del Este y viajes y notas sobre viajes, entrevistas, cumpleaños y sepelios austeros y de buen gusto. Todo vale, menos la mala onda. Yo de Funes, sospecho que era masón o algo así. Un tipo extraño que se reunía a puerta cerrada todos los jueves en este mismo piso, el único que no tiene cámaras de vigilancia. Durante esas ocasiones no quería asistencia alguna, ni yo podía estar.

- Y él ¿cómo era?

- Malhumorado, pero capaz de sonreír a un canario para sacar provecho. La mujer lo acompañaba en la fanfarria y el protocolo, últimamente el cuñado molestaba bastante y se tomaba confianzas que desbordaban la paz de los sepulcros que ellos insistían en sostener ante los demás, lográndolo cada vez menos.  Averigüe, ud., lo que le plazca. Otra cosa, no sé.

Averigüé: el matrimonio, en efecto, no tenía hijos. Habían intentado adoptar y viajaron a La Rioja y Catamarca para visitar orfanatos. Dicen que a Funes le irritaba que el chico no biológico pudiera convertirse en un monstruo. "A las largas esos pobres muestran la hilacha", comentaba a colegas y amigos en el club, y debió de ser esta la razón por la que Elenita - todos la llamaban así - no concretó al fin su maternidad. De misa diaria, organizaba tes y rosarios en los que se destacaban su exquisitez no solo gastronómica y su devoción por la caridad, que no empezaba por casa: el personal de servicio, mal remunerado, andaba demandándola siempre por la precariedad a que lo reducía su marido. Ella emitía cheques para compensar la insensibilidad de Funes, lo que le generaba discusiones con él, a veces prolongadas hasta el amanecer (acompañadas de alguna que otra porcelana rota). Pero nunca se le conoció a Elena Arquímeventos y Estrada ninguna actitud violenta: ante cualquier agresión, bajaba la vista y se iba a rezar a ese Aquel que, a veces, permanece en el exilio - como dicen que repetía-.

Si me pusiera a pensar en los detalles fatidícos o secretos que rondan a la mayoría de las familias, no me alcanzaría una vida entera para describirlos. Siempre hay algún comedido al que se le va la lengua, personajes envolventes y autoritarios; sometidos y sufrientes. Sin embargo, el matrimonio Funes ocultaba algo bien jodido.

Llamo a la agencia, en un rapto de pasión, para hablar con Paty, y después del musicalizado tiempo en espera, su voz al otro lado del teléfono llega a mí como un dulce ventarrón. Mi pasado deja de existir por un instante, trasportándome a un único presente, a una dimensión fantástica en la que nada hay excepto Paty. Me apuro en invitarla a almorzar. "Se nos va a hacer tarde, hay mucho laburo", responde. Suspiros que parecen eternos, y al fin, confirma: "a las dos en la pizzería de Talcahuano".

Fugazzeta jugosay fainá; cerveza ella y agua, yo: un paraíso se anuncia repentinamente en el microcentro, pese a los oscuros pliegues de mí mismo. Tengo que sortear charcos en veredas rotas y partículas de bichos que, acaso sorprendidos por la huída intempestiva del verano, habrán muerto y combinan su residual materia con la de plásticos desvencijados, alimentos en descomposición, latas y puchos.

Tamborilea sobre mi paraguas, la sonora lluvia.

Entro, empapado, al local de pizzas y me siento a una mesa, ignorando por mi ansiedad que Paty ya está disfrutando de un sorbo de cerveza en otra. Me viene a buscar y, sonriente, después de darme una palmadita en la espalda, vamos a su mesa. No para de hablar. Solo interrumpe la conversación para ordenar, deja muy en claro que  yo tomaré agua o un jugo. Bebo agua.

Pienso, en un rapto de lucidez, que si la dejo hacer, esta mina dirigirá mi vida. Pero no busco excusas para zafar y esta tarde, después de hacer el amor - porque eso haremos durante horas -, sé que me le entregaré, estúpido, como un recién nacido a su madre. Patricia Albento, Paty, a partir de este mediodía de fugazzeta y fainá, será mi mundo posible. (¿Qué ha sucedido con mi carácter díscolo y la soledad que tanto defendía antes?)

Muchas personas han estado tratando de comunicarse conmigo, nadie relacionado a primera vista con la muerte de Funes. Sin embargo, todas, con un dejo intimidatorio. Vgr., un colega al que no veo desde hace poco más de dos años pregunta ahora por mi trabajo, comparte una noticia de último momento como haciéndome un favor y recuerda enseguida el viejo incidente de mí con el comisario. Además, "con los policiales uno utiliza el cerebro, te ayuda tu paranoia. Aunque mejor, no vayas nunca muy lejos, digo" - dijo-. "Menos averigua y Dios perdona". Cortó.

Durante tres largos meses a Ariel y a mí nos destinaron a editar material proveniente de agencias extranjeras, aprovechando mi fluído inglés, supuestamente. Nosotros ni ebrios ni dormidos nos conformamos con la tarea. Buscamos, así, información acerca de aquellos jueves en los que Funes mantenía reuniones secretas en el último piso de la empresa.

Silencio de radio.

Sí nos enteramos de que el hermano de Funes, un loquito gastador y rebelde, veía a Elena con asiduidad: una de las mucamas los pescó llorando y abrazándose como dos amantes vulnerables. Ariel no dio crédito al asunto:  Elenita, fiel a su marido, más bien se le sometía. Y si no usaba el apellido de casada, era por provenir de una familia patricia - según averiguó-.

- Nadie abandona un nombre de aristócrata porque sí, aun casada con un empresario. Además, era mucho mayor que el loquito. Ella no cuajaría tampoco  en su tipo- dice-.

Le replico que Patricia Albento y yo, como el agua y el aceite, hace un tiempo que compartimos lecho y vidas.

Otra vez Ariel y yo entablamos una acalorada discusión hasta que ingresa otro llamado por mi interno: "encuéntreme en La Plata. Entre la 8 y la 11 hay un bar, no sé el nombre,  el único a la redonda. Se trata de Funes, no hable de mí con nadie".

Dejo que Ariel gane el debate e invento una excusa para salir. Tomo el primer ómnibus que me acercará a La Plata. Arribo. La ciudad está igual a como la dejé escasos años atrás, cuando visitaba a un amigo, ahora fallecido, que enseñaba Penal en la Universidad. Quizá, algo más sucia: su población se acrecentó como la de todo el planeta. La Catedral, neogótica, corona la plaza Moreno, cuyo rayo de diagonales continúa sorprendiéndome por su diseño racionalista.

Me dirijo hacia el innominado bar a toda prisa. Ignoro la razón, pero siento que alguien me está siguiendo. En efecto, se trata del que va a mi encuentro. Me toma del brazo por detrás, sin reprocharme la impuntualidad, y nos sentamos a una vieja mesa del fondo. En el bar "Fray Mocho", pedimos un café y un cortado.

Alto y desgarbado,  silueta de inteligente pero torturado, el testigo se me queda mirando por un largo rato..

- Mañana arreglo todo para irme del país - dice al fin -. Me viene al toque ser un  desconocido y que solo el asistente del sector "Licitaciones" haya advertido que sé algunas cosas de estos. Mi hermana vive en Almería, me alojaré en lo de ella.

- ¿Ud. trabajaba para Funes dónde y haciendo qué? - le pregunto. Un mozo deja, indiferente, el café y mi cortado. 

- Eso no se lo cuento ni mamado. Los jueves cuando se reunían no los registraba nadie. Sepa nomás que se trata de "Socorristas", una organización de beneficencia que reunía fondos, el dinero se lo repartían entre ellos. Se asociaron con un capital ínfimo, hasta se inscribieron en la IGPJ, con el objeto declarado de realizar donaciones a instituciones de bien público. Nada feo, ¿verdad? El problema es que la mujer de Funes metió las narices donde no debía. Orgullosa de "Socorristas", los visitó un jueves sin previo aviso, resultó dramático porque se enteró... No sé cómo (dicen que despierta era) ató cabos e iba, derechito,  a denunciarlos.

- ¿De qué se enteró?-. Trago mi cortado de un sorbo. - De algún chanchullo habrá sido...   

Silencio.

Llámelo como quiera. No me interrumpa y escuche. Un grupo de notables, de esos que se creen lo que no son por tener prestigio y guita, mucha guita, parece que suponían que la vida es corta para permitir que un conjunto de inútiles despilfarren dinero en gasto social, ayuda al prójimo y tal. Encima, tales estúpidos gobiernan, obligándonos a ver sus rostros de ineptos en los medios - decían -. Algo había que hacer para evitar esa catástrofe populista. Y, con la excusa de donar un poco aquí y otro allá, iban haciendo una rueda de la fortuna, pues se conectaban a diestra y siniestra con el mundo de las finanzas. Y atento a las convocatorias exitosas (la tapadera era socorrer a indigentes o viejos olvidados ocupándose de sus necesidades esenciales), en menos de 3 años, lograron un patrimonio casi billonario, que no llegó al destino societario, como verá. Qué mejor que usarlo para el bien entonces...

Otro silencio ahueca ahora entre nosotros.

Observo a mi testigo, veo que el barcito se llenó. Debido al ruido de platos y pocillos, la máquina del café y a las voces encimadas de los parroquianos, tengo que pegar casi mi oreja a la cara del canoso y flaco bien trajeado que vuelve a su tono monocorde. Con parsimonia, esta vez un poco más lento, agrega:

- Además le va a interesar esto: Funes tenía un hermano que se metía en la empresa para sacar dinero, lo extorsionaba con un asunto de polleras. Esos dos se detestaban. A José María Funes le gustaban las putas. Concurría a orgías, el hermano se enteró. Lo que parece inverosímil es que de  un día para el otro, a este se le dio por la droga. Imagínese, nunca había probado químicos, porros y de pronto, adicto a la cocaína...

- Me doy cuenta - le contesto puede que piadoso, porque  mis hombros se encogen, según siento.

- No me interrumpa, que no me gusta hablar -. Y: los Funes desde chicos se disputaban el amor al padre, un patriarca de provincia que daba su vida por el loquito, que estudió arquitectura. José María era ingeniero. Dos hermanos en pugna... El hermano nunca se graduó, lo que no obstó a que hiciera algunos monumentos. Pero sus negocios resultaron mal, por ingenuos. Con el transcurso del tiempo, el odio entre ellos los fulminó: uno exitoso y el otro, fracasado. El hermano se divorció tres veces, sin hijos. La cuñada lo protegía como a un chico,  se profesaban respeto con Elena, pero ella se enteró,  por la infidencia de una amiga, de la doble vida que mantenía Funes con otra tipa y nunca le perdonó su complicidad al cuñado. La relación entre ellos se averió. Ni le cuento la del matrimonio. Dicen que ella había destinado fortunas para que los detectives averiguaran lo de los jueves. Como le dijeron que el marido se reunía con notables para donar fondos y hacer beneficencia, al fin se tranquilizó un poco. Hasta que ese día fatídico se les presentó como si nada... Por lo demás, hubo en el matrimonio, un temita no muy claro con menores, supuestamente conocidos de Funes y desaparecidos después. Dicen las malas lenguas que el hermano lo extorsionaba, y la cuñada se avivó. Las mujeres tienen siempre un sexto sentido. Y lo peor: empezaron a fugarse al exterior algunos bienes gananciales, que iban a parar a cuentas non sanctas. Las peleas se hicieron públicas, imagínese el papelón, etcétera.

Está a punto de hacerse la noche, me quedo atornillado en la silla para oír más. Qué sucedía los jueves, en definitiva, en el último piso de la empresa. Mi informante toma su café; pide dos más y traga su vaso de agua y el que me corresponde. Comienza a traspirar. No habla y se queda mirando el techo como un idiota. Se levanta, de súbito, para ir al baño, supongo. Mientras miro a cualquier lado, pasan los minutos. Me quedo petrificado en el presente incierto, ¿sin retorno? de las agujas de un reloj de pared que se mueven lentas, como un paquidermo.

Mi testigo no vuelve.

Tuve que marcharme al fin del bar: debido a la hora iban a cerrar, y pese a que fui al baño y revisé todos sus compartimentos, nada. Acaso habría escapado por entre la ventana superior ¿o el tragaluz? Obviamente, durante la charla, no encendí el grabador de mi celular: de haberlo hecho, no se hubiera producido siquiera el diálogo, además de que por el sonido directo, habría podido registrar muy poco. Mi informante, poco dicharachero, me dio la impresión de ser fóbico, desconfiado.  

Regreso confundido a Buenos Aires. Un hombre extraño que habla poco, desaparece. Voy directo a casa, donde Paty me está esperando con unos tallarines a la vongole y unas cuantas caricias que se prolongarán hasta el amanecer.

Y me olvido de Funes, de Elenita, del homicidio con sevicias y del cuñado. Me duermo.Según Paty, mi cuerpo tembló durante las escasas horas del descanso nocturno... El temblor inundó las sábanas y me encontró despierto y gritando "Socorristas de mierda, al laburo no renuncio ni loco", antes de que dos tipos parece que me pegaban mientras me sostenían colgado del techo de algún tinglado entre sueños.

Los sueños sueños son. A menudo carecen de narratividad, aunque aportan datos sobre una realidad desconocida. Mi inconsciente, en efecto, habló por adelantado: Ariel no se equivocaba al sospechar lo del adn coincidente entre la sangre del cadáver y la de Elena como perfecta coartada para los asesinos: construyeron la escena del crimen, dirigiéndola hacia una esposa dislocada.   Disfruto del desayuno con Paty, de jugos de frutas multicolores y huevos revueltos con mermelada de arándanos. Café negro del más puro y panes saborizados...

Hasta el momento, pienso, además de lo de la morgue, solo contamos con algunos testimonios, entre estos el de Mario, el secretario multifunción de José María Funes, y el de un informante  - quizá el más cabal - que desaparece de un bar en La Plata por arte de magia. También están los mensajes de voz amenazantes en mi celular, que pude reenviar y archivar y datos e informes, de todos los que hice una copia de resguardo (no me quedé tranquilo con la nube digital).

Pasan meses en los que Ariel y yo nos devanamos los sesos por el secreto de los jueves. Los caldeos diseñaron un calendario regido por los planetas, algo así como darle a cada día de la semana su significación astrológica. Sin embargo, en lo único en que coincidimos los dos es en concentrarnos en las reuniones en sí para develar algo: una secta siempre se organiza sobre la base de lo oculto, actúa como una distopía frente a las asociaciones legales. Al tratarse de notables con poder y dinero, por más inscripción y protocolizaciones que implementen sus miembros, algo siniestro parece que se cocinaba con los Socorristas, pues nadie, ni Mario, salvo el testigo platense, sabía nada concreto de ellos.

Pese a la diligencia de Paty, me cuesta últimamente conciliar el sueño, las noches se alargan y se hacen espesas. Asimismo, al no recurrir al alcohol, mi malestar empeora aunque yo lo aguanto con estoicismo. Parece mentira: un borracho, casi en su última faz, puede diferir su tabla de salvación, sin tratamientos, sin Alcohólicos Anónimos, sin manuales de autoayuda contra la droga.

El amor es un misterio.

Mi inquietud, empero, a medida que pasa el tiempo sin novedades sobre el asesinato, se acrecienta. Me lleva a caminar km a diario antes de ir a la oficina, y todos están dándose cuenta de lo que me cuesta mantenerme coherente. Tanta obsesión desparramada hasta en mi cuerpo, me ha hecho balbucear algún que otro insulto cuando alguien me disgusta.

Mi vida interna queda como si estuviera en suspenso... solo parezco recrear con la insistencia de un enajenado aquel encuentro en La Plata.

Hasta que me topo en una de esas caminatas, en Palermo, cerca del hipódromo, con una vieja de manos huesudas, que se dirige hacia mí, ayudada de un bastón decadente. La vieja pide, más bien exige, limosna. La he visto antes, cuando revisaba uno de los contenedores en Libertador. Me generaba incomodidad, impotencia.

Soy un agnóstico y un cascarrabias recuperado: tolero a los creyentes, pero desprecio el diezmo. Así que extraigo quinientos pesos de la billetera y se los doy, gustoso. La vieja apenas los agradece. En cambio, susurra que en Núñez hay una clínica privada lujosa, frecuentada por algún que otro "socorrista". ¡Por fin tengo noticias frescas! Como si se me hubiera caído encima un edificio en obra, siento que me falta la respiración. Le ruego que me ilustre, le daré dos mil pesos.

- La guita guárdesela, a mi marido médico lo mataron, y yo me salvé el pellejo, de puro loca que soy. Ud. no me conoce, no me vio nunca, ¿estamos? Un creativo del grupo ese de delincuentes se organizó con algunos médicos de los hospitales y de la morgue. ¡Adivine qué!

- Tráfico clandestino de órganos, no puede ser. Debo de haber puesto cara de atónito ávido de noticias, porque la vieja siguió su relato a rienda suelta. Esta vez me invitó a sentarme en el banco de una plaza contigua.

- ¿Para qué meterse en semejante organización si lo tenían todo? - le pregunto.

- Todo, no. Les faltaba cordura: salvarían al mundo intercambiando órganos de pobres para ricos, Ud. sabe... Mercancía humana para que las bases sostengan la cúspide, ya lo sabían los egipcios al construir sus pirámides. Encima, acumularían dinero y poder y se vengarían de los pobres diablos, como los llamaban. Y había que hacerlo pronto porque en el Congreso andaban jodiendo con una ley que iba a acabar con esto, obligando a los argentinos a ser donantes de prepo. A los médicos les hacían prestar juramento, los "Socorristas" de la patria para una nación pulcra y justa. Mi marido laburaba en un hospital, apenas nos alcanzaba para el alquiler. Cuando se dio cuenta de que debía transplantar en esas condiciones, como si fuera un chorro, se me puso raro y a menudo, lloraba en los rincones como un nene. Pero ya era tarde, cantó no sé a quién, y al día siguiente me lo mataron. Estaban apurados ante el peligro de una nueva ley que les iba a cagar el negocio.

La dejo ir a la vieja, no quiere mi dinero. Solo si puedo, que haga justicia - pide -. Ignoro el motivo por el que recuerdo de inmediato el Informe sobre ciegos, de Sábato. Y pienso también en mi mujer.

Llego a la agencia hecho un loco. Ariel se encuentra en la isla, editando. Abro la puerta y le cuento lo del encuentro. No se le mueve un pelo. Tout le contraire, se ríe a carcajadas y como si su juventud, tanto más perceptiva que mi experiencia, me pegara un golpe al corazón, me abraza como un hijo consuela a su padre anciano y vulnerable.

- Te lo dije, esos delirantes de la secta sabían de la trama de los Funes, los quilombos con Elenita, y algo pasó para que se hicieran los jefes definitivos de la banda. Debe de haber sido un tema de mucha guita o de poder, como en las guerras entre narcos.

- No me cierra la visita sorpresiva de Elena aquel jueves a la empresa.

- ¿Por qué no? Debe de haber ido ilusionada, ella querría creer en su marido. A nadie le gusta aceptar la realidad que le toca y evade. Habrá pensado que se reunían para hacer obras de caridad.  La pobre se les apareció, etc. O habrá ido por alguna trifulca familiar para enfrentarlo a Funes. No tenemos pruebas de ese jueves y tampoco interesa. Sí, que debe de haberse encontrado con algún panorama fulero, un ritual psicótico de esos degenerados, algo parecido. ¿La vieja te habló de un juramento de iniciación? ¡Mi Dios!, la conjura de los iluminados que se llevan puestos a los necios.

En qué momento Ariel se hizo adulto.

Y: - No tenemos material que acredite nada. ¿Qué hacemos?, con indicios y conjeturas no llegamos ni a la policía - le pregunto-.

Ariel no me responde.

Después de discutir con Paty acerca de una nimiedad, nos citamos en un barcito en la zona de Tribunales.

Nunca he comprendido del todo a las mujeres, razón demás para respetar sus intrincados senderos en el amor.

El bar solía atenderlo hasta pasadas las 21, un gallego pícaro que hacía las veces de mozo aunque fuera su dueño. Oriundo de Betanzos, vino aquí durante la guerra civil, según contaba a sus clientes, bandeja en mano y con pudoroso humor, entonando en lo bajito "De cara al sol". Agregaba enseguida, con menos pudor: "Con el mazo le dan al pueblo; me cago en Dios, franquistas-de..."

Murió de un cíncope en 2001, cuando la crisis provocada por la perversidad e impericia del gobierno, lo dejó casi en pañales. Sus herederos vendieron el bar a un argentino lampiño y desabrido, con olor a colonia barata. Como su antecesor, este se ocupa atenciosamente de la caja mientras reprende a viva voz a los proveedores y a la empleada de la limpieza cuando no cumplen su cometido. También, putea si recibe flaca propina, cosa que el gallego no hacía.

Tribunales es ahora un barrio descuidado, donde destacan el edificio de la Corte Suprema y otras dependencias del Poder Judicial. Apenas camines, te topás entre plazas, con algún viejo ombú y mucho pasto seco y desalineado. Coronan la avenida Córdoba, sobre Libertad, una sinagoga y el teatro Cervantes.

La opulencia edicilia se completa con el teatro Colón, que recibe cada tanto a Daniel Barenboim y Marta Argerich y todavía respira los aires de Mercedes Sosa, Astor Piazzola y otros músicos populares. El Palacio de Justicia, el Colón, el Cervantes y la sinagoga contrastan su belleza con la imperfección de los colchones de los indigentes.

Camino al bar, vuelvo a preguntarme qué querrán las mujeres. Sobre todo, qué Paty de mí. A veces, se pone demasiado intensa, estridente. Y temo que me invada al punto de hacerme desaparecer. Ese miedo es actual, ahora que del enamoramiento, pasamos a una relación estable. Después de bucear entre algas, rocas marinas, peces brillantes y regocijarte con silenciosas espumas que tu mente imagina en el ancho mar cuando una mujer te encandila, tenés que subir a la superficie y flotar para sobrevivir razonablemente más tarde con esa pareja... 

Hasta conocer a Patricia Albento, yo vivía en soledad. Aunque me encantan las mujeres, nunca me arriesgué a sostener ningún compromiso. Y más aún, después de alguna experiencia nefasta. Me deben de haber quedado manías de ermitaño, porque ella me recrimina mis prolongados estados "deslenguados". Pero a escasos minutos, me colma de besos jugosos, toma mi boca. Se hace de mí.

Me siento a una mesa que da a la calle: a media mañana los abogados circulan con frenesí. Algunos fuman nerviosos; otros, caminan con parsimonia, como adivinando el resultado de sus litigios. He ahí la fauna que quise evitar de  joven, al abandonar mis estudios de Derecho.

Paty acaba de entrar. Los tipos se dan vuelta para verla, algunas mujeres la observan, supongo que con admiración o envidia. Nunca pasa por desapercibida. Si tuviera que describirla, diría que se trata de una  mujer-alondra.

De una maga.

Se acerca a mí, sonríe hacia la barra pidiendo un café negro y un tostado mixto, me abraza y se sienta.

- Estás loco.

- Y ahora qué te hice - le pregunto, adivinando la respuesta.

- Lo de siempre. Ponés distancia entre nosotros y con tus compañeros en la oficina, te gritaría para que te espabiles. Lográs que me paralice, y trago rabia, mucha bronca.

- No digas tonterías.

- Dejá vos tus boludeces, hombre. A veces parecés un zombi, no nos registrás, sumido en no sé qué.

- Paty, sabés que estoy presionado. Ya lo hablamos mil veces.

- Sí, pero igual.

- Igual qué.

- Nada. Anoche te dormiste a las mil quinientas, escuchando huevadas en la tele. Estabas inquieto, tosías, traspirabas. Y me contestaste pésimo cuando te pregunté, preocupada, qué te pasaba. Y en el diario, a la mañana, te comenté algo de Ariel y no me diste pelota.

- Ariel está preocupado por no sé qué cosa de la investigación y dramatiza.

- No dramatiza, dice que lo amenazan a él también. Por qué no te dejás de joder, y  nos vamos a la mierda.

- ¿Adónde?

- Qué sé yo, a Montevideo. Los uruguayos son más normales que nosotros. ¿O no?

El dueño-mozo del bar deja la comanda de Paty. Le pido un agua mineral y una picada de queso y salame. Asiente, y continúa el diálogo de pareja.

- No me puedo ir así como así.

- Pues yo sí, y no vas a estar para contarlo si continuás siguiendo pistas para descubrir no sé qué puta verdad.

- Paty, no podés dirigirme la vida...

Llega la picada de salame y queso. Nos quedamos en silencio.

El silencio es como un agujero profundo y sin fin. Luego, se transforma en un túnel al que no querría entrar. Miro hacia la ventana: porteños, una porción de argentinidad. Agitación...

El silencio se instaló ahora entre Paty y yo, evidente.

Observo entonces a una joven que camina muy lento. Lleva puesto un sacón largo que deja ver una remera corta. La remera no tapa su ombligo. El origen del mundo... ¿El más inhóspito, el de los colchones de los sin-techo o el publicitado para vender ropa femenina? (Cronopios y famas...)

Qué clase de hombre mira hoy un ombligo más que unas tetas... lo mismo se preguntó Milan Kundera, creo sin respuesta.
- No me oíste. ¿Nos vamos a Montevideo? Yo vendo mi departamento y vos el tuyo. Algo tenemos que encontrar. Hice contacto con algunos periodistas, de hambre no nos vamos a morir

- Paty me toma de las manos, me prepara un improvisado sandwich con una rodaja de pan fresco y algunos trozos de salame.

- Qué te parece, decíme algo, hombre.

Antes de probar el salame, para zafar, le contesto: - No te proyectes, iremos tras los hechos. Si terminan las amenazas, nos quedamos...

- No me engatuces, que idiota no soy.

- Qué.

Una mujer frente a mí me está iniciando en algo análogo al amor, y siento, más que nunca, una especie de abismo. ¿Será que amar es ir tras el otro, que ama de vos lo que no le podés dar?

Yo podría confesar que soy un cobarde, la temeridad solo aparece cuando laburo de periodista. Pero en un rapto de aventura la abrazo, pago la cuenta, y nos vamos. En el subte, pienso que ella es la más sabia.

Me asignaron la coordinación de un seminario sobre criminología y periodismo, a realizarse en Santiago dentro de dos meses. Paty, entusiasmada, me aconseja que vaya, pero  no tengo ganas. A decir verdad, me quedé obsesionado con el testigo de La Plata.

La forma en que cesó nuestra conversación aquel día  estimula demasiado mi curiosidad, como un pensamiento en bucle que no logra superarse jamás. Y como no puedo hacer dos cosas importantes al mismo tiempo, es mi defecto, lo del seminario queda en suspenso.

Hilar huella y detalles conduce siempre a algún resultado. "El hombre que hablaba poco", así  voy a llamar al platense a partir de ahora. Los hombres no nos andamos con melindres y si bien el chisme se atribuye a las mujeres..., tampoco nos quedamos cortos cuando se trata de un crimen. Buscar conocidos en común, algo en el barrio del "Fray Mocho", hablar con porteros y vecinas; todo esto haré con sumo cuidado.

Al hombre que hablaba poco, lo tragó la tierra, o más bien desapareció en un bar ruidoso, colmado de clientes. ¿Dónde recabar información sobre él, el asesinato del empresario y  sobre aquellas reuniones de los jueves? ¿Se habrá ido a Almería el que hablaba poco?

En la internet, bajo la voz de "Socorristas", no hay más que conexiones a ONG, asociaciones civiles, referencias a guardacostas, salvavidas, a los que rescatan en la montaña, el océano y en la playa. Estos en cambio, por lo oído, solo hundían, dañaban, vaya a saberse cómo probar el móvil del homicidio de Funes. La organización de los Socorristas no obra en la web, salvo en el sitio de los registrados en la IGPJ como persona jurídica.

La humanidad es un asco.

Amanece. Abro las ventanas de par en par: nubarrones en lo alto y aceleración ciudadana, en las calles. Parece, según el matutino, que el país va a endeudarse nuevamente sin tener en cuenta a generaciones futuras. Me duele el estómago.

Es sábado, Paty salió a caminar como de costumbre, y yo me quedo mirando mi celular: Ariel envía un mensaje bromista, varios colegas reenvían otros parecidos o dramáticos, y un número desconocido deja constancia de que me van a esperar en La Plata.

Pulso, sobresaltado. Alguien me avisa que se producirá un nuevo encuentro ¿con el hombre que hablaba poco? Antes de responder, el mensaje se borra como por arte de magia. Compruebo el listado de envíos: el que alude a La Plata ya no existe. El diablo debe de andar en las colinas tenebrosas de mi cerebro. ¿Me querrán volver loco o ya lo estoy?

Ignoro la razón (acaso mi paranoia se acentuó últimamente), pero a raíz de lo que me comentó aquella vieja en Palermo, recuerdo unas leyendas fantásticas de 2000, cuando en las redes del correo electrónico, te advertían que podrían secuestrarte, quitar tus órganos para comerciarlos clandestinamente, etc. Incluso en una ocasión introdujeron una imagen de una chica asesinada en su bañera.

Buenos Aires, la violencia y el humor negro en las redes, sus misterios...  Se sabe que existen túneles, ahora exhibidos a los turistas, por entre los que algunas monjas de Montserrat cruzaban, sigilosas, por debajo de la Plaza de Mayo hacia la Catedral. También, se habla de ratas y viejos archivos de logias.

¿Bandas y cuchilleros?

Llamo a Ariel, le cuento lo del extraño mensaje de whatsapp. Su reacción no se hace esperar: tengo que clavar mis ojos en el teléfono, ya me dejarán otro aviso que no puedo desperdiciar.

Habrán pasado unas dos horas porque Paty regresa, feliz, con varias revistas de moda que desea cotejar, dice. Al verme, pregunta de inmediato qué me pasa. Intento tranquilizarla, pero como es una estratega para sonsacarme cosas, me reta por no haberla querido acompañar a hacer su caminata. Siempre trabajando, al pie del cañón, en lugar de disfrutar.  Y: "debemos huír a Montevideo", insiste...

Tomamos un café. A los pocos minutos, me advierten por el celular que el  lunes siguiente tendré un encuentro. Sentado en la Inmaculada Concepción, me van a localizar. Pero deberé cuidarme de no comentar esto con nadie. Me paralizo por el resto de la mañana hasta que Paty me propone preparar un almuerzo frugal. Son estos unos días de incertidumbre emocional en los que me habría gustado tener un siamés. Los felinos expanden su onda perceptiva a través de su mirada, siempre en alerta. Ojos rasgados de un celeste razonable, elegancia incomparable. Seríamos con Paty un trío perfecto.

Por la noche, vienen a cenar unos amigos. Ella, ex modelo, comparte con mi mujer un sitio sobre tendencias en moda y diseño; él, abogado cercano a la política, me anoticia sobre el proyecto de ley que metieron recientemente en Diputados, cuyos mentores son los padres de una chica que murió esperando un trasplante. La idea es imponer una ética en la donación de órganos, generalizándola como obligación. El que se oponga deberá comunicarlo a la institución. En una palabra, se presume que sos donante si no avisás que te oponés antes de morir.

"Algo así como despenalizar la droga para evitar el narcotráfico", le comento. Y recuerdo a la vieja y su marido médico asesinado, a la trama de órganos clandestinos en que me encuentro atrapado, de momento sin salida.

Todo parece haber cambiado. Las bocinas se reproducen sin pudor en la avenida principal que me llevará hasta la catedral. Me bajo del transporte y camino hacia el monumento neogótico de la Inmaculada Concepción, donde dicen que se aloja Dios. En la cripta se encuentra enterrado Dardo Rocha. Sopla una leve brisa, y caminan varios turistas, orientados por el paraguas abierto de una guía. Todos, con sus celulares. Algunos se detienen y en un previsible ejercicio de narcisismo se fotografían: en un escalón o en el otro, solos o con sus novias. Llevan sus teléfonos hasta la posición más cómoda que registre su visita.

Acaso debido al turismo, que invade, o por mi ansiedad para obtener más información sobre los Socorristas, no gozo del silencio interno que habitualmente respiraba en La Plata - una ciudad con barrios impecables, ochavas,  diseño perfecto de sus calles en diagonal y el gran parque -.

Subo acelerado la escalinata. Una enorme cantidad de imágenes esculpidas en símil piedra, anuncian el majestuoso y largo pasillo que lleva hasta el altar principal, iluminado por los rayos de un sol de mañana limpia. La luz llega, gloriosa, por entre los techos abovedados de la cúpula. Dios te salve..., en la tierra paz a los hombres de buena voluntad...

Elijo uno de los bancos enfrentados al confesionario y mi cerebro reproduce la sotana de quien corregía mis rezos durante la infancia. Mi padre me inscribió en el colegio Guadalupe porque suponía que me enseñarían allí el alemán. Nunca lo aprendí.

Hace años que no rezo y no creo, pero tampoco cuestiono la fe de los demás ni a la iglesia. Por tanto, acepto a los que creen y rezan. Y a los que se alzan contra el dogma con alguna ilusión superadora.

Dos mujeres se hincan y extraen sus rosarios de la cartera. Un agnóstico  como yo envidia siempre el facilismo de pensar que ética y religión van unidas, como estas oradoras entregadas a su oración para pedir o dar gracias, compungidas, concentradas. Una voz casi ronca, supongo que de mi testigo secreto, me dice ahora por detrás de la nuca que lo siga.

Nos dirigimos a una de las naves laterales de la catedral.  El testigo, cuya espalda diviso, lleva puesto un impermeable negro, y su pantalón desgastado muestra unos flacos tobillos. La voz, aunque ronca, remite de inmediato a la del hombre que hablaba poco en el Fray Mocho. Y ¡oh, sorpresa!, confirmo que lo es: se da vuelta y me sonríe con cara cómplice.

- Me iba a ir, pero retrasé el viaje. Ahora sí, en unos días no me ven más el pelo. ¿Avanzó en la investigación?

- Una anciana hace un tiempo me contó atrocidades acerca de la organización. Pero se borró del mapa y no supe nada de ella.  Si ud. se va, no tendré ninguna fuente citable.

- Lo siento. A veces te enterás de cosas tremendas y en vez de noticias, terminás generando fábulas mediante el boca a boca.

- ¿Fábulas? No es mi fuerte, ni me interesan.

- Pues hace mal. Los periodistas, sobre todo cuando envejecen y deciden pensar, dignifican la verdad. Son casi héroes. Bah, a veces... hay cada uno.

- ¿El entramado financiero cómo era? Deme datos, nombres. Alguno servirá para tirar del hilo.

- Ni loco, solo sepa esto: Funes y Elenita se prodigaban un cariño de utilería. Una pantalla, como le pasa a la mayoría de los matrimonios. José María Funes, un psicópata, la tenía domeñada como a una colegiala, aunque la mina tampoco era boluda. En fin, la vida los fue separando y últimamente solo compartían las apariencias.

- Qué pasó aquel jueves en que la mujer se le presenta al marido en la empresa. ¿Hay algo que me pueda decir al respecto?

En menos de cinco minutos la Catedral se llena de parejas con bebés, viejos, mujeres bien trajeadas y otras de cara cansada, quizá maltratadas por la vida; de chicos inquietos. Un angelus inunda la estancia y anuncia que la misa irá a comenzar. Todos se aprestan para la celebración.

El hombre que hablaba poco me hace señas para que vayamos afuera.

Cuando salimos, una lluvia torrencial nos empapa. Gotas engrosadas, casi transformadas en granizo, se acumulan hasta  en los rellanos, forman charcos. La avenida entera queda sumida en una catarata de agua, así que bajamos rápidamente para resguardarnos en la casilla de ómnibus.

El hombre que hablaba poco, antes de huír, porque eso es lo que hará dentro de poco, me dice al oído, en susurros y con su sempiterna voz ronca: "ese jueves se repartían cargos y poder con la impunidad de saberse sin vigilancia ni control. Pero Elenita, que lo iba a buscar a Funes, vaya a saberse el porqué,  oyó todo. Se enteró, en fin, del cometido real de Socorristas y lo peor:  presenció alguna orgía en el piso. Más no sé ".

Lo del asesinato de Funes, los testimonios sobre los hechos y acerca de la forma en que se iría resolviendo el misterio, nos tomó tan por sorpresa a Ariel y a mí, que al fin ni pensamos en asegurar las fuentes para publicar nada. Mientras tanto, en la oficina, optamos por hablar con los colegas de banalidades. Y que recuerde, después de descubrir que la vieja se había borrado y que La Plata quedaba de momento descartada por la desaparición definitiva de mi testigo,  no hablamos nunca más de los Socorristas, de Elenita, ni del homicidio.

Las noticias deben ser objetivas, si lo sabía yo...

Claro que como era de esperarse, el asesinato con sevicias de José María Funes fue resuelto para el gran público, conforme los medios. La investigación judicial compartió resultados, pues Elena Arquímeventos y Estrada, Elenita, a ojos vistas, era la homicida, aunque una inimputable. Con su internación psiquiátrica y la consiguiente designación tutorial, el patrimonio de Funes y sus empresas no se harían humo para Socorristas, que continuaría su misión (u otra camuflada) para el bien de la nación toda.

A diferencia del caso aquel sobre la trata de menores y del comisario sobreseído por el que me licenciaron, en esta ocasión mi nombre no se encuentra vapuleado.

Pese a mis recomendaciones, a Ariel no le van a renovar la pasantía. Junto a su novia, fundará, en cambio, un grupo que ha de bautizar "Mentiras no". De vez en cuando las cámaras de algún noticioso perdido exhibirán sus pancartas frente a Tribunales, aplaudidas por ciudadanos casuales.

Y la agencia de noticias no difundirá ninguna de las crónicas que fui escribiendo de a ratos sobre el asesinato de José María Funes. El director, ante los mensajes amenazantes que no escatimé en mostrarle, me asciende, decidido, sugiriendo que  escriba un cuento discreto sobre la base de esta historia que no le termina de cerrar como crónica, por la falta de datos concretos y de sentido común.

Y: los plátanos - relato - se inquietan un poco hoy, a juzgar por el leve balanceo de sus ramas. A través del sucio ventanal de un piso alto que asoma a la avenida con la discreción urbana de lo repetido, la paupérrima vida de los otros se desvanece en comparación con el agitado traqueteo del diario. Los automóviles, colectivos y peatones se mueven como juguetes de cuerda.

Paty entra a mi despacho, me estampa un beso de lengua y deja una taza de café, recordándome que nos veremos en casa.

Adivino en su potente mirada que tampoco tomaré alcohol ni me aferraré a ninguna droga esta noche.

Elmer Diktonius. Helsinki
“Niño en luz de estrellas”

 

Hay un niño,
un niño recién nacido -
un sonrosado niño recién nacido.


Y el niño gime -
todos los niños lo hacen.
Y la madre pone el niño al pecho:
entonces se calla.
Así hacen todos los hijos del hombre.


Y el tejado no está demasiado bien ajustado -
no todos los tejados lo están.
Y la estrella mete
su nariz de plata a través de la grieta
y se posa en la cabeza del pequeño:
a las estrellas les gustan los niños.

 

Y la madre mira la estrella
y comprende -
todas las madres comprenden.
Y aprieta asustada al niño pequeño
contra su pecho -
pero el niño mama tranquilo a la luz de las estrellas:
todos los niños maman a la luz de las estrellas.
Aún no sabe nada de la cruz:
ningún niño lo sabe.-

 

De: “Muelle y nubes” (1934)-

Traducción: Pentti Saaritsa-Mona Moltke-Francisco Uriz-Kirsti Bagetthun