ALDEA LITERARIA
PAULA WINKLER

A destiempo

Algunos árboles exhiben, orgullosos, sus pobres copas, supongo que por desafiar las huellas del viento, que castiga, a veces, y pega en el arenal que está frente al puerto, de donde parte siempre una decena de embarcaciones que cruzan el río a toda velocidad. Rumbo a la otra orilla, así dicen. Paso los fines de semana mirando a través del sucio ventanal, imaginando esa otra orilla. Aunque duermo demasiado, según mi vieja. Puede ser, porque cuando me despiertan los gritos de ella, solo disfruto pensando en que me volveré a dormir... Mis noches se quiebran a veces, por cerradas y de escasa estrella. La estrella con la que soñé el otro día no jugaba a las escondidas: desafiaba al sol, que debe de iluminar mejor la otra costa. Uruguay, me enseñaron, es un país limítrofe. Pero en la  escuela no se aprende como en la calle, dice el viejo. No le temo, pese a que todos se escapan de él en el barrio donde vivimos, a la vera de un sendero breve y a la buena de Dios. Mi viejo suele regresar del laburo muy cansado. Cansada debería de estar yo, que limpio, refunfuña mi vieja. Y agotado estoy yo para dormir tanto... Pero escribo, me hace bien. Armo historias en un papel arrugado con la ayuda de un lápiz casi despuntado. Nadie debe de escribir hoy sin teclado. En la escuela nos contaron que hay computadoras y unas teclas incorporadas a los celulares. Todavía no tengo uno; mi viejo, sí. Mis compañeros del colegio me dijeron que robara, pero como es un delito, seguiré sin teléfono. El viejo manda chistes por su celular y, a veces, fotos. Y mensajes extraños como en código... Si los códigos son secretos, en qué andará el viejo, se pregunta la vieja (y me pregunto yo, antes y después de dormir, pues gratifica). Tengo 13 y no me quiero meter en bandas ni pudrirme por el alcohol. La vida es sueño, decía ¿quién? No presto mucha atención en la escuela, es mi problema. Duermo y escribo: los fines de semana, me inspiro mirando a través de los vidrios sucios del ventanal. Me gusta el río e imagino la otra orilla, cientos de relatos basados en los vecinos. Cómo será Uruguay, la patria de Quiroga, Galeano...Tengo miedo de perder mis sueños. (¿Existirán?) Los árboles exhiben orgullosos sus copas, los veo desde mi casa. Yo no me siento orgulloso de nada, aunque una nada concreta se me aparece en la vigilia, excepto cuando miro el río y esos barcos que se extravían en la distancia. Jamás voy a poder viajar y, cuando tomo nota de esto, me da una puntada en el estómago. Sin embargo, no sé si me gustaría navegar como los turistas, sin la aventura de ir desafiando las olas y sus caprichos. Disfruto solo, al fin, en ese viejo ventanal. Y en la cocina..., en la que ahora escribo, las paredes se humedecen debido al vapor que expulsan las cacerolas con el guiso del mes que prepara la vieja. En el antiguo reloj, las agujas marcan las 12; el tiempo va hacia atrás: la noche enseguida se hace día y aparece mi infancia, porque, lentamente, me duermo apoyado sobre la mesa como si fuera entre unos brazos que, antes, me acunaban. Semidespierto, entre lagañas y el olor a lentejas, alcanzo a ver la vajilla acumulada y a mi vieja, que grita. El viejo regresa del laburo rabioso y se sienta a comer. Borracho, mira luego la tele. El despertar, para mí, se traduce en una inaguantable rutina, que también yo repito sin cesar: el colegio, los compañeros violentos, la policía; los profesores dubitativos, mucho más a la deriva que yo... El premio por rebelarme debe de consistir en las vistas que ofrece el sucio ventanal los fines de semana: las supérstites barcazas se desplazan como felices bailadores en su pista improvisada, y los grandes barcos y  los transportadores se fugan a la otra orilla. Ahora que lo pienso, mi vida se circunscribe a dormir y soñar escribiendo. Pero duermo demasiado quizás. Me lo recuerda mi vieja, que aturde con sus sentencias sobre mi destino, etcétera, puesto que ignora que si no fuera por el río, yo no sabría de horizontes. Y también, que si no fuera por los libros y este lápiz despuntado casi, que me ayuda a armar historias mínimas, ni me despertaría.