ALDEA LITERARIA
PAULA WINKLER

Un problema de peso (cuento de Navidad)

Por Matías Escalera Cordero*


Aquella sensación tan desagradable –lo recordaba ahora perfectamente– había comenzado ya antes de vestirse, pero se había agudizado durante la operación de meterse en los pantalones, y se había hecho desagradablemente evidente al encajarse la blanca camiseta interior y la camisola… Fue entonces cuando realmente había comenzado a molestarle; primero, ligeramente; luego, con insidiosa insistencia, hasta amargarle el viaje y llegar a martirizarle, esa sensación como de ahogo y fatiga… Los latigazos, por eso, habían sido especialmente violentos este año, ahora lo reconocía también… Hacía mucho tiempo –quizás nunca lo había hecho–, que no usaba la fusta con esa insistencia y ese furor…  A pesar de que, por debajo de la abultada pelliza, le apretaban la camiseta y la camisola por las sisas –o quizás por ello–, y que los sobacos le sudaban abundantemente, como aprisionados en aquellos pliegues tan ajustados, y a pesar del frío polar –o quizás por ello–, no dejaba de gritar ni de lanzar zurriagazos a los pobres animales…

 

¡Vamos Donner, que no se diga de ti que no has hecho honor a tu nombre de Trueno!… ¡Vamos Relámpago, ilumina esta noche entre las noches!... ¡Vamos Vixen, no seas tan Travieso, no te hagas caso de Cupido ni de Cometa, concéntrate en tu trabajo!... Zas, zas, zas…

 

Y los zurriagazos iban y venían de unos a otros…

 

 

Nunca se había comportado tan cruelmente con ellos… Si lo viesen los pequeños seres de su casa, desde los talleres, tan atareados siempre, no se lo creerían… y aún mucho menos se lo creerían, los niños a los que llevaba su preciada carga; se quedarían horrorizados… Y sus padres le rechazarían, sin duda, con cajas destempladas, y le expulsarían a escopetazos de sus propiedades, todas tan asquerosamente limpitas y alineaditas, pensaba ahora, con cierta sorna cruel… Son todos unos pringados, se dijo para sí, con un rencor que nunca había sentido… Era sin duda esa sensación de irritante incomodidad que le agobiaba lo que le hacía sentir en su interior y decirse para sí esas horribles palabras.


Sin embargo, cuando realmente la sensación de estar inflado como un globo se convirtió en inaguantablemente agobiante, fue subiendo las aguas del segundo tejado… bufaba y resoplaba como un puerco cebado y herido, y su malhumor lo invadía y dañaba todo.


Aunque fue luego, poco después, en el tercer tejado, cuando quedó encajado en aquella jodida chimenea cuando su rabia y frustración explotaron en una ira desbordada e incontrolable…