ALDEA LITERARIA
PAULA WINKLER

Angelito mío

 

Es la cuarta casa que limpio en lo que va del año, y estoy contenta porque la señora no es mezquina como las otras patronas. Aunque me parece que si nos llevamos bien, es porque ella duerme mucho, o se la pasa en el balcón mirando sus plantas desde que despunta el día hasta que la luna aparece redonda.

La señora está grande, y yo aún soy joven. ¿ Se dio cuenta, vieja, cómo pasaron los años? Cuando nació la Susi a usted no le gustó nada que el José me preñara. Qué va, se enojó con la cuestión de que iba a ser madre y abuela a la vez. Y lo peor, me dijo, no tenés guita para vivir vos y vas a atender a un crío, ese José es un desgraciado, te pega de sol a sol y todavía pensás que se ocupará del chico. Y quién se preocupó por nosotros y por la Susi, dígame, vieja, usted que todo lo sabe. Su nieto ahora tiene doce, y la buena noticia es que no será martes cuando cumpla sus trece. Así que ya que  siempre anda maldiciéndonos en el vecindaje, que nuestra familia no tiene suerte, se queja de la pierna que perdió la Elsa en ese accidente estúpido al cruzar la calle mientras el colectivo siguió como si no la hubiera visto; usted que anda con el chisme ese de que nadie quiso terminar el colegio excepto yo, que el viejo duerme todo el día, y que patatín y patatero, debería atender mejor estos lindos detalles antes de exponernos. Porque si fuéramos tan desgraciados, el Ángel cumpliría cada año un martes trece.

Pero le confieso que me da miedo las veces que él se aparece por la casa de sorpresa. Así como es: flaco y con la mirada inflamada. La señora es buena conmigo, me regala ropa que no usa y cuando viene, le tira unos pesos, que él se gasta sin miramientos en sus porquerías, en fin. Le he dicho que se cuide, esos amigos que tiene asustan de sólo verlos, y en cualquier momento arman una bandita para hacer fechorías. Se sienten hombres, mire si va a ser prepotear a los demás como esos patos vica miserables que los discriminan en los boliches. Además los amigos del Ángel tratan mal a las chicas, y a uno lo escuché decir el otro día que la vida no vale nada, que se mataba él o mataba a unos cuantos, que harto y aburrido se sentía, total que nadie se iba a dar cuenta. Qué me dice, vieja, usted que lo llevaba a su nieto los domingos a misa, como a mí y a mis hermanos. Precisamente por su fe, vieja, a mí me da vergüenza mi hijo a menudo, aunque es mi único hijo, usted sabe, mi Angelito. (Al hijo se lo quiere y basta.)

La señora también tuvo uno solo, él se aparece cuando necesita algo, y lo he visto llevarse en alguna oportunidad cierto vuelto de la cómoda. Mire que como usted me enseñó, yo no me quedo nunca ni con diez centavos, lo del otro es del otro.  Por eso no me gusta nada que Ángel nos visite sin avisar. Mire, vieja, si la señora después me reclama a mí el dinero, o lo pone a su nieto en una situación fulera. Me como las uñas de los nervios cuando toca timbre, y mi cuerpo hierve de rabia: nunca me hace caso, pero a su manera es un angelito el pobre. Si yo no puedo estar para cuidarlo, trabajo todo el día, como dice el curita en la iglesia, todos sufrimos y nos igualamos en el dolor. La señora me cuenta que nunca salió de la casa para procurarse nada, y, sin embargo, mire qué hijo le salió. Para mí que es la época, esos programas de la televisión que les hacen estallar la cabeza (si la tienen).

Claro que lo noto raro últimamente a Ángel, llega tarde, con los ojos desorbitados y hecho un loco. Se baja todas las cervezas de la heladera. La señora me aconsejó que vaciara mi casa del alcohol, pero no me aguanto sus gritos ensordecedores cuando se ve obligado a tomar agua o coca cola. Me gusta la coca cola, ese sabor entre azucarado y amargo que te llena de ardor las encías y se te mete en la garganta. Y me acuerdo de las películas americanas viejas de cuando yo era chica, usted también las veía con nosotros, ¿recuerda, vieja? Y me imagino en ese vestido blanco de la marilín arrebatado por el paso del subte. La marilín del viejo (su marilín), cómo lo peleaba usted a papá con motivo de esa escena que describía al cansancio, y ¡hombres!, exclamaba resignada en la cocina mientras dejaba que se asaran el pollo y las papas rociados de aceite, ajo y orégano. Ese olor todavía penetra glorioso en mis fosas nasales,  sube para  localizarse en mi cerebro, seguro en la fidelidad de su memoria.

Y, a ser sinceras, no sé de dónde sacó plata para comprarse mi hijo un celular. Ni yo tengo uno: desde que me robaron el último al bajar del tren me juré, vieja, no malgastar más mi dinero en esos aparatitos, puesto que a la final estamos comunicados sólo para enterarnos de todo lo malo que nos sucede. Pero el celular que vi del Ángel es atractivo, de un color verde que pasa al azul según cómo lo mires. Y suena con el alba y continúa haciéndolo en la madrugada, parece un ministro el Ángel contestando y mandando mensajes. Sus dedos vuelan. Pero delante de mí, con los amigos, él habla bajito, o esconde el celular. En definitiva, nunca me entero de nada.

 

No se vaya a enojar, vieja, con esto que le voy a contar, pero a alguien se lo tengo que decir, y usted, aunque se llene de bronca, es la única que me oye. Con la cuestión de las amistades del Ángel, me ahogo cada vez en los ríos de mi vergüenza. Es este un sentimiento indescriptible, por eso se llama así, "vergüenza": incomoda, provoca una picazón en todo el cuerpo (la palabra y lo que nombra). Y yo creo que su nieto roba, vieja, de dónde saca la plata si no para darse una vida de duque en los boliches con esas taradas. Me abandonó el colegio, no hubo caso, y hasta me pegó fiero cuando le dije que en mi casa no entran ni el paco ni la guita fácil. Por eso tengo esa cara de desgaste y tristeza que usted me critica últimamente. Ningún maquillaje puede tapar tanta vergüenza.

Sin ir más lejos, el otro día, cuando la señora dormía en el cuarto de vestir (se había quedado mirando esas telenovelas que ya ni veo del cansancio), el Angelito entró con dos amigos y me amenazaron si chillaba. Tenían unas navajas filosas de acero brillante y corrían con el sigilo de los felinos. Se llevaron todo lo que pudieron y me taparon la boca con una cinta asquerosa, con gusto a goma carcomida.

¿Recuerda, vieja, cuando la Susi y el Ángel tomaban juntos la mamadera? Nos turnábamos para cuidarlos, éramos una familia que se presta ayuda. Elsa cojeaba y se moría de la risa al cambiar pañales, y después como premio, mirábamos la televisión hasta que nos entraba el sueño al asomar la noche espesa. Cualquier cosa veíamos, se trataba de sentirnos en familia, como nos enseñó el curita de la iglesia. Pero hoy por la mañana vi asomarse en el rictus de mis labios las primeras arrugas de la vida, maldita vida sin sexo, tan solo dale que va a la limpieza del departamento inmenso de la señora. Y pensé en tomarme unas vacaciones, dejar plantada a la patrona e irme a dedo a la costa. Pero seguí su consejo, vieja, y me fui nomás a su casa.

Y en la casa de la señora al fin lo hicieron, como le digo, y entraron los chicos y el Ángel, y se armó la tragedia: la patrona supongo que se despertó pues nos habrá oído susurrar, y al verme los enfrentó. Después del golpe que ellos le asestaron, su cuerpo se derrumbó ensangrentado, y huyeron. Mi Angelito escapó como un cobarde. Pero me dijo: vieja, llevate alguna cosa de recuerdo, vos no laburás más de sirvienta.

"Sirvienta", jamás me llamó así la patrona, y yo fui una reina de la escoba y los cucharones. Pero, Angelito mío de mi corazón, le grité quitándome la soga de las manos y la ineficaz mordaza, cómo se te ocurre que voy a hacer semejante cosa. Entonces se me llenó la boca de un gran vacío, vieja. Y le juro que intenté rezar, pero el paladar entero se me hizo una llaga infecta.

Y en esos escasos minutos se me vino encima la carita ilusionada de su nieto cuando iba a salita de cinco, la maestra era preciosa. ¿A que no la recuerda?  Me odio, vieja, claro que me odio y nos odio. Usted tiene razón al hablar mal de la familia. Pura mala suerte, eso tenemos. Y lo odio a mi hijo y al José, que nunca apareció, un malparido. Razón que tenía, vieja. Y me inundo por eso mismo de indignación, aunque de inmediato regresa la vergüenza. Y curiosamente vuelvo a querer al Ángel, y a usted, a la Elsa, a la Susi y a la familia. A lo mejor por ser lo único que tengo.

Y el angelito mío tambalea un poco al oírme gritarle implacable por primera vez, pero se raja enseguida con sus amigos. ¡El pobre de Ángel! No tiene remedio, ya no distingue el sueño de la vigilia, se lo debe al paco, qué puntada me da ahora en el estómago. Por qué me recomendó este trabajo, vieja, me pregunto. Es que la señora tan buena tiene ahora su existencia desparramada en el piso. Pero si viene la policía me van a detener, disculpe que le vuelva con la mala onda, vieja. Aunque no diré nada del Ángel. Cómo se le ocurre que lo voy a delatar. Ya sé, la ley es la ley, pero una madre no traiciona al hijo.

Mi Ángel, angelito mío. Es un angelito mío el Ángel. ¿Sabe, vieja? Como decía el curita, la familia es la familia. Y con eso me aguanto.

Elmer Diktonius. Helsinki
“Niño en luz de estrellas”

 

Hay un niño,
un niño recién nacido -
un sonrosado niño recién nacido.


Y el niño gime -
todos los niños lo hacen.
Y la madre pone el niño al pecho:
entonces se calla.
Así hacen todos los hijos del hombre.


Y el tejado no está demasiado bien ajustado -
no todos los tejados lo están.
Y la estrella mete
su nariz de plata a través de la grieta
y se posa en la cabeza del pequeño:
a las estrellas les gustan los niños.

 

Y la madre mira la estrella
y comprende -
todas las madres comprenden.
Y aprieta asustada al niño pequeño
contra su pecho -
pero el niño mama tranquilo a la luz de las estrellas:
todos los niños maman a la luz de las estrellas.
Aún no sabe nada de la cruz:
ningún niño lo sabe.-

 

De: “Muelle y nubes” (1934)-

Traducción: Pentti Saaritsa-Mona Moltke-Francisco Uriz-Kirsti Bagetthun